Hola de nuevo.
Estoy indignado. Indignadísimo, incluso, por el artículo que ELPAIS ha tenido a bien publicarle a una señora que se llama Amparo Rubiales –abogada y profesora universitaria en Sevilla, consejera del Consejo Consultivo de Andalucía- Y es que esta señora mezcla, como es habitual en la crónica española, churras con merinas.
Veamos: reivindica doña Amparo los logros y conquistas del feminismo clásico; que si las sufragistas por el derecho al voto universal, que si la integración social y laboral de la mujer, que si patatín, que si patatán. Y sí señora. Nadie está más de acuerdo con usted que yo, doña Amparo; que creo en la igualdad, no ya formal, sino también material, de la mujer: en su integración, como miembro de la sociedad moderna y democrática, como ciudadana, como factor de progreso social y económico, etc.
Hasta aquí, nadie discute nada. El problema viene cuando queremos ser más papistas que el Papa, llevando hasta el absurdo la lucha sexista sesentera y alegando que el uso del masculino en la expresión de un colectivo mixto en el lenguaje es un atropello de la feminidad. Aquí comienza el max-mix, el sinsentido:
Como bien explica la RAE –no ya en su gramática, sino en la respuesta a la consulta planteada por el Parlamento Andaluz, que es, además, citada y reproducida parcialmente por la autora- “el empeño en utilizar sistemáticamente [los] desdoblamientos [masculino/femenino] tiene su origen, en unos casos, en el desconocimiento de lo que gramaticalmente se define como uso genérico del masculino gramatical y, en otros, en la voluntad declarada por parte de determinados colectivos sociales y políticos de suprimir este rasgo inherente al sistema de la lengua como si fuese una consecuencia más de la dominación histórica del varón sobre la mujer en las sociedades patriarcales. El uso genérico del masculino gramatical se basa en la oposición binaria masculino /femenino”
¡Pues claro! Y no es esto extraño en un idioma que carece de género neutro; me explico: en castellano no existe género neutro salvo por la subsistencia de palabras provenientes de la tercera declinación latina, lo que equivale, por ejemplo, a los adjetivos terminados en e [pongamos por caso inteligente, consecuente, torpe o miserable] o a las palabras que terminan en consonante [así, por ejemplo, sagaz, locuaz, oficial o normal] En ausencia de neutro con el que designar el género indeterminado e indeterminable, el colectivo genérico –o mixto, como yo prefiero llamarlo- se expresa, por consiguiente, en castellano, mediante el uso del masculino. Así, se habla de “los ciudadanos”, “los políticos” o “los comerciantes”, sin que podamos entender que en estos colectivos no existe un individuo mujer.
No descubro a nadie nada nuevo si digo que, reunidas sólo las ministras del actual gobierno, no podemos referirnos a ellas como “los ministros”, pues estamos, en este caso, frente a un colectivo cuyo género está clara e inequívocamente determinado.
Este desaguisado tiene, además, dos vertientes:
(i) La constante deformación de palabras de la tercera declinación por reivindicación sexista, lo que es una aberración, además de una ridiculez que resta, siempre en mi opinión, credibilidad a la causa femenina: así, fiscala, generala, mariscala, cancillera, jueza o ujiera. Esto, además de estéticamente horrible, es tan ridículo como comenzar a decir taxisto, futbolisto, estudianto o ciclisto. Seamos serios…
Señores: cada palabra tiene su género y su forma genérico-mixta. Que no es lo mismo mezclar churras con merinas, que churros con merinos (lo que por otra parte, suena divertido) Así, una merina es una oveja y un merino es un tipo de juez (o, según la RAE, también un cordoncillo fino, en que la trama y urdimbre son de lana escogida y peinada) e igualmente, donde una churra es una oveja de Huesca, un churro, claramente, no lo es; y
(ii) La implacable reiteración de la oposición binaria: ciudadanas y ciudadanos, vascos y vascas, tontos y tontas… lo cual, amén de poco práctico, nos hace parecer a todos como recién salidos del cotolengo.
Me opongo: me parece una sandez. ¿Es que no podemos salir un grupo de hombres y mujeres a tomar una copa juntos sin decir que salimos “juntos y juntas” o, peor aún, junt@s?
Mirad: yo creo firmemente en la igualdad de la mujer, pero en este, como en otros muchos temas, estamos sacando los pies del tiesto. Me sorprende que el periódico no deportivo de mayor tirada del país sirva de tribuna, en página derecha de la sección de opinión, a semejante panfleto del absurdo –sí: lo siento: respeto la opinión, pero me parece un argumento desatinado: se puede querer modelar el lenguaje, pero no basar el asunto en pretensiones ideológicas de este calado- ELPAIS debería, como hiciera en su momento el Frankfurter Algemeine, centrar sus esfuerzos en contribuir a la calidad de un lenguaje cada vez más denostado –vaya aquí, por cierto, un rapapolvo a los correctores de ELPAIS, porque cada día se les cuelan más laísmos, “deques” y demás patadas…-
¡Ay, ay, ay! Doña Amparo: yo no me opongo al libre uso del femenino, cuando toque, ni a su prevalencia cuando corresponda. Así, podrá observar más arriba que me refiero a usted como autora –por mucho que se trate, ahora también, de una palabra de la tercera declinación, ésta además, sin femenino irregular –no puedo decir “autriz” como de hecho digo actriz- Pero ni creo que sea saludable terminar hablando del Partido Comunisto, ni creo que los personajes femeninos de las novelas deban llamarse personajas.
La conquista social va por un lado. Su reivindicación, con todo lo que aún queda por hacer, es válida, e incluso necesaria. El esperpento lingüístico, sin embargo, no.
Cuidaos mucho, que sois el futuro.
L
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